GustavoAlexisBastardo
martes, 23 de enero de 2018
domingo, 9 de junio de 2013
La Comunidad Andina (CAN). Un breve balance
Gustavo A. Bastardo S.
Profundo ensayo sobre la
Comunidad Andina de Naciones, sus posibilidades reales de integración y la
propuesta del ALBA como una nueva alternativa para la región.
La Comunidad Andina, en los
36 años que lleva desde su constitución mediante el “Acuerdo de Integración
Subregional Andino (Acuerdo de Cartagena) del 26 de mayo de 1969, ha tenido algunos
avances, pero asimismo, muchas limitaciones y estancamientos, en cuanto al cumplimiento
de sus objetivos.
Entre sus objetivos la CAN
se propuso promover el desarrollo equilibrado y armónico de los países miembros
a través de la integración y la cooperación tanto económica como social, del mismo
modo se trazó acelerar el crecimiento y la generación de la ocupación,
facilitar su participación en el proceso de integración regional (ALADI) con
miras a la formación progresiva de un mercado común latinoamericano. Otros
objetivos son, disminuir la vulnerabilidad externa, colocar en mejor posición a
los países miembros en el contexto económico internacional, fortalecer la
solidaridad subregional y reducir las diferencias en los niveles de desarrollo
entre los socios. Todo ello con la finalidad última de mejorar el nivel de vida
de los habitantes de la subregión.
Si hacemos un balance a la
luz de hoy, puede observarse que muchos de los mecanismos establecidos para el
logro de los objetivos trazados, se han implementado a medias y en algunos
casos tardíamente. Bien puede considerarse que en el estado actual se cuenta
con un Programa de Liberación de Bienes que se concluyó en diciembre de 1992
(Perú lo completa a fines de 2005), por otra parte, rige un Arancel Externo
Común desde 1994 (Decisión 370), también puede decirse que en general se ha
profundizado en la coordinación con otros esquemas de integración
principalmente con MERCOSUR y un tanto menos con el ALCA y los TLCs con Estados
Unidos debido al revés que sufrió el primero en la Cumbre de las Américas y los
inconvenientes para lograr acuerdos conjuntos en los segundos. También se logró
cierta participación en conjunto en la conformación de la Comunidad
Sudamericana de Naciones. No obstante, hay que señalar el carácter
relativamente reciente de la conclusión del proceso de liberalización (1992),
luego de casi dos décadas de haber logrado apenas avances en ese sentido por la
negativa a asumir el proceso por parte de Ecuador y Bolivia. Hay que señalar también
el carácter incompleto del programa toda vez que todavía se está en proceso
desde 1993 con plazo para 2005, de que Perú libere el pago de impuesto a
Ecuador y Venezuela por la venta de petróleo a ese país, aunado a la
incertidumbre acerca de la voluntad de Perú de liberar ese arancel, así como de
la disposición de extender el plazo de esa excepción por parte del conjunto de
los socios.
En suma, pese a que se haya
fijado un Arancel Externo Común con tratamiento preferencial a favor de Bolivia
y Ecuador, persisten aun las disparidades económicas entre los países miembros,
siendo insuficiente este instrumento comercial como mecanismo de compensación, tal
como se señala en un estudio dirigido por Saúl Pineda y Alexis Valencia1. Del
mismo modo se mantiene una baja representatividad del intercambio entre los
países andinos (11%) respecto al total de las exportaciones que los países
miembros llevan a cabo a nivel mundial. El nivel de concentración del
intercambio intracomunitario es otra de las limitaciones del proceso de
integración, pues el mismo se reduce a un grupo pequeño de regiones activas que
representa solo un 16%. Los flujos de inversión intracomunitaria representan
apenas el 1% del total de la inversión extranjera directa hacia el área. Sin
embargo, puede resaltarse como contrapartida, la calidad de intercambio
intracomunitario que se caracteriza por productos con mayor valor agregado que
los destinados a terceros mercados (90% del valor de las exportaciones a la CAN
corresponde a manufacturas, en tanto que solo el 44% corresponde al resto del
mundo) lo cual ha determinado una generación de empleo significativa.
Pero más allá de los
aspectos puramente comerciales, hay una serie de temas que se han constituido
en verdaderos desafíos tales como los mecanismos de financiamiento, los mecanismos de participación
y difusión, concretamente en lo relativo a la incorporación de sectores de la llamada
sociedad civil, tema éste que requiere de un debate exhaustivo por cuanto está cruzado con toda
la discusión política que gira en torno al problema de la democracia con toda la
complejidad que ello conlleva. Al respecto vale la pena rescatar el sentido de la pregunta que
formula Marco A. García2 al advertir la necesidad de llevar adelante, junto a las
reformas económicas y sociales, un proyecto de reconstrucción de instituciones: ¿No se
tratará (…) de un malestar en la democracia y no con la democracia? La pregunta sugiere lo complejo
de la respuesta, pero también su pertinencia. Pero ante la urgencia del
asunto se presenta como obstáculo el contraste entre lo ambicioso de estimar efectos y/o llegar a
conclusiones con relación a temas de agenda social que trasciendan los aspectos
esencialmente comerciales, y lo relativamente reciente -en los hechos- de los avances en
áreas distintas a lo comercial, así como lo ilimitado e insuficiente de los niveles alcanzados en
esta área tradicional.
La Integración Andina, un
proceso lleno de contradicciones
Otra asunto que se tiende a
presentar como obstáculo es pretender que tienen mayor peso, a la hora de evaluar los
resultados económicos y comerciales de la integración, aquellos factores endógenos tales como las
políticas nacionales en materia de desarrollo adoptadas por los países a lo largo del
proceso integrador, así como la presunta existencia de una continuidad einvariabilidad en el tiempo
de la relevancia que cada país otorga a la integración en su
articulación con el sistema
internacional, tratando de minimizar así los factores exógenos,
elemento clave en la
comprensión del proceso integrador de la región.
A este respecto hay que
tener presente que las primeras iniciativas de integración emprendidas
por los estados
latinoamericanos tienen su origen en contextos precisos, y esos contextos
están signados por un cúmulo
de contradicciones entre fuerzas portadoras de intereses
antagónicos que se reflejan
en las distintas estrategias puestas en juego, las cuales fueron
reflejando a su vez no pocos
dilemas en el proceso de articulación de nuestros países a la
economía mundial y, por
ende, al proceso integracionista. Ese proceso dilemático es el que
puede dar cuenta de –y se
encuentra entre- los dos hitos más importantes que borran toda
duda acerca del carácter
contradictorio que marcó el proceso integracionista desde el inicio,
tales son: la iniciativa de
la ALALC y la advertencia temprana de su inviabilidad, como principio
de partida, y el reciente
fracaso del ALCA, como corolario de cierre.
La contradicción mayor que
sirve de marco es la que se da entre la postura industrialistadesarrollista
a la que se suma el esfuerzo
de quienes abogan por una economía nacional
independiente, de una parte,
y la lógica expansionista mundial orientada hacia el monopolio
multinacional, de la otra,
lo que condujo a nuestros países a adoptar una política de
industrialización
sustitutiva de importaciones.
“Decisión que le planteó un
doble dilema al expansionismo del capital industrialista de la época:
respetar la dimensión
nacional, les impide cumplir con las exigencias rentables de la tecnología
de escala, así como, el
pretender alcanzar la diversificación industrial les es opuesto a la
especialización pautada por
la relación de coste-beneficio de la unidad productiva de capital
multinacional”
3Así entonces, aunque la
reorientación de la estrategia andina de integración luego del fracaso
de la ALAC es considerada
por algunos analistas como un reajuste del modelo que asume la
flexibilidad como una manera
realista de adecuación a los cambios internos de los países y a
las transformaciones de la
economía mundial, y que esa flexibilidad puede ejemplificarse con la
eliminación del tratamiento
fuertemente restrictivo a la inversión extranjera que imponía la
Decisión 24, de diciembre de
1970, así como la disminución de los niveles de protección
común frente a terceros4,
habría que considerar otra opción de análisis que, más que realismo,
ve en las postergaciones de
la puesta en vigencia de la mencionada Decisión 24, el reflejo de
las referidas
contradicciones entre fuerzas sociales portadoras de iniciativas y proyectos
con
orientaciones opuestas en
cuanto a intereses.
2 García, Marco Aurelio:
“Integración y Democracia” en La Integración Sudamericana y sus retos
futuros. Memorias del
Seminario. Quito, 29-30 de junio de 2005.
3 Valencia, Judith: El ALBA
un cauce para la integración de nuestra América, ponencia presentada en el
simposium: Diálogo Suramericano: Otra integración es posible, 21-22 de
noviembre de 2005,
Universidad Andina Simón
Bolívar. Quito-Ecuador
4 Véase el informe:
Interrogantes estratégicos sobre el rumbo de la integración comercial en la
Comunidad Andina. (Mimeo)
Por otra parte tenemos el
fenómeno de la globalización como elemento determinante en el
desarrollo de los países, y
aunque se afirme que las modificaciones en cuanto a la dimensión
de los espacios y tiempos
que se derivan de la sociedad de la información puedan ofrecer
ciertos beneficios,
igualmente, los esquemas de apertura y liberalización de los mercados
mundiales, el acceso a
tecnologías, etc., este fenómeno afecta significativamente el poder de
los estados nacionales
Aunque la tendencia hoy
–globalización mediante- es la de considerar que hay un conjunto de
procesos que ponen en
entredicho las posibilidades reales de ejercer la prerrogativa de la
soberanía estatal en muchos
ámbitos, hay que admitir que las primeras iniciativas
integracionistas en
Latinoamérica surgen en el contexto del empuje por parte de las principales
fuerzas económicas y
políticas de la región, hacia la diversificación industrial, que acepta y
promueve una intervención de
los estados en las conducción de la economía, todo ello en un
contexto internacional
construido a partir del hecho que los EE.UU. se erigen como líder
mundial en el período de
posguerra, dirigiendo la reconstrucción industrial de Europa con la
puesta en práctica del plan
Marshall.
Uno de los autores que ha
tratado el tema de la crisis de la soberanía estatal con más agudeza
es sin duda Manuel Castells.
En el segundo volumen de su obra “La Era de la Información”
dedica un capítulo a lo que
califica como la impotencia del Estado; allí se refiere a la
superación del control
estatal sobre el espacio y el tiempo, por parte de los flujos de capital,
bienes, servicios,
tecnologías, comunicación y poder. Y Aunque advierte acerca de la pérdida
de poder por parte del
Estado-nación moderno, reconoce que no ha sucedido lo mismo con su
influencia, lo que hace de
las consecuencias potenciales de este hecho que estamos en
presencia de un “fenómeno
sistémico global” tan complejo, que:
“El reto creciente a la
soberanía estatal en todo el mundo parece tener su origen en la
incapacidad del
estado-nación moderno para navegar en las aguas inexploradas y tormentosas
que se extienden entre el
poder de las redes globales y el desafío de las identidades
singulares”5
Más allá del hecho que el
proceso de globalización económica y sus correlatos culturales
trastoquen efectivamente las
mediaciones espacio-temporales, modificando el sentido de las
distancias, la recepción,
manejo y procesamiento de la información, los términos del
intercambio, etc.; y que
haya traído como consecuencia la erosión de la supremacía de la
soberanía estatal llevándose
consigo todas sus pretensiones reguladoras tanto en su condición
benefactora como en la
planificadora, existe, por otra parte, el hecho no menos relevante de las
tendencias a imponerse un
discurso de la globalización que sobrevaloriza lo global en
detrimento de lo local, lo
cual se expresa -a decir de Arturo Escobar- en una marginalización
significativa del lugar,
pretendiéndose ignorar que:
“el hecho es que el lugar
–como la expresión de una localidad específica- con algún grado de
enraizamiento, linderos y
conexión con la vida diaria, aunque su identidad sea construida y
nunca fija- continúa siendo
importante en la vida de la mayorías de las personas, quizás para
todas.”6
Rescatar la importancia del
lugar resulta clave para revertir esa asimetría presente en esta
perspectiva globocéntrica a
la que se refiere Escobar en la que lo global es equiparado al
espacio, al capital y a la
historia, mientras que a lo local se le iguala con el lugar, el trabajo y las
tradiciones.
Ahora bien, el rol estatal
vuelve a adquirir relevancia en el nuevo contexto signado por las
secuelas negativas que ha
dejado el legado del neoliberalismo y nuestra región es hoy muestra
significativa de la
importancia de la influencia estatal que refiere Castells en la reorientación
de
los mecanismos de
integración subregional. Veamos un ejemplo.
El ALBA: Una alternativa
viable ante las supuestas paradojas de la integración
5 Castells, Manuel. La era
de la información: Economía, sociedad y cultura. Vol. II: El poder de la
identidad. México, 2001,
Siglo XXI, p. 272
6 Escobar, Arturo. El lugar
de la naturaleza y la naturaleza del lugar: ¿globalización o posdesarrollo? p.
113
En torno a la discusión
sobre los temas de integración regional, y particularmente sobre las
iniciativas de la integración
subregional en Latinoamérica, se ha pretendido generalizar un
discurso claudicante y
pesimista respecto a las posibles alternativas de integración basadas en
la complementariedad, bajo
el supuesto de las precarias condiciones de las economías de
estos países que conspiran
contra la competitividad, valor éste que se ha fetichizado en el
debate actual sobre el tema.
Ese pesimismo se expresa en
la siguiente doble imposibilidad: propiciar la complementariedad
entre economías poco
diversificadas, así como propiciar la productividad en economías con
crecimiento estancado y de
poca modernización.
Lo anterior pudiera ser una
falacia, debido a que precisamente lo que pudiera incentivar la
productividad a partir de la
modernización, la diversificación y con ello el crecimiento, es
precisamente una política de
integración que tenga como principio la complementariedad.
Otro mito es la
imposibilidad de la compensación que apela a la insuficiencia de recursos,
sobre todo cuando se
pretende establecer comparaciones con la experiencia integracionista de
la Unión Europea. Esa
imposibilidad puede revertirse mediante la aplicación de “Convenios
Comerciales Compensados”
como los propuestos e implementados en el marco de la
Alternativa Bolivariana para
América (ALBA), cuyo principio esencial es la “conveniencia
mutua” en la ampliación y
profundización del intercambio comercial entre los países de la
región. Del mismo modo se
cuenta con las Alianzas Estratégicas Circunstanciales concebidas
bajo esta alternativa que
tienen como eje el recurso energético (principalmente petróleo y gas),
estando fundadas en la
conservación de los recursos naturales no renovables, la solidaridad y
la corresponsabilidad social
como una forma de aunar esfuerzos hacia la complementariedad
de las capacidades de las
empresas estatales de energía de la región y el subcontinente. Todo
ello mediante acuerdos entre
gobiernos que no contemplan la fusión con capital energético
privado, ni la transferencia
de recursos del sector público al privado, y más importante aun, no
exige compensaciones que
vulneren la soberanía de los Estados, dando por el contrario,
condiciones de
comercialización solidarias que sustituyan las exigencias de las transnacionales
privadas.7
Se trata de una alternativa
probada que ha tenido avances en escenarios regionales e
internacionales concretos:
Propuesta de creación de
Petroamérica. II Reunión de Jefes de Estado de América del Sur,
Guayaquil-Ecuador, agosto de
2002
Propuesta de creación de
Petrosur. Delaración de Iguazú, julio de 2004
Iniciativa de Petrocaribe.
Suscripción de Comunicado Conjunto, Jamaica, agosto de 2004.
Una alternativa probada como
ésta revierte el contenido de los mitos y supuestas paradojas
que dominan hoy el debate
sobre la integración. Sobre esta especie de chantaje ideológico se
cuentan muchas historias,
valga la siguiente como comentario final:
Cuando se emplazó a la URSS
a que avanzara en el progresivo y necesario proceso de
extinción del Estado que
suponía la transición al comunismo una vez que ya se había
anunciado la abolición de
las clases sociales, ésta respondió con un decreto que definía el
Estado existente como un
“Estado de todo el pueblo” y no de una clase en particular, pues
éstas ya no existían;
asimismo, al reprochársele el por qué no se establecía definitivamente un
sistema de distribución
regido según el principio de “a cada quien según sus necesidades”,
como lo concebía la máxima
comunista, y no según sus capacidades, como es característico
del principio de competencia
capitalista, se apeló a que aun los recursos disponibles eran
escasos para dar el
trascendental paso. Ahora bien ¿no es precisamente cuando son escasos
los recursos que es menester
distribuirlos igualitariamente según las necesidades de cada
quien?
Creo que una disyuntiva de
este tipo es la que caracteriza el contexto actual en el que se
encuentran nuestros países,
por lo que el argumento según el cual deberíamos andar en la ruta
de alcanzar los niveles
europeos de productividad y crecimiento para que sea factible cualquier
política compensatoria en
nuestra región, parece constituir la nueva falacia que vuelven a
difundir sin rubor los
poderosos de siempre.
7 Valencia, Judith: Op. Cit.
BIBLIOGRAFÍA
Castells, Manuel. La era de
la información: Economía, sociedad y cultura. Vol. II: El poder de la
identidad. México, 2001,
Siglo XXI, p. 272
Escobar, Arturo. El lugar de
la naturaleza y la naturaleza del lugar: ¿globalización o
posdesarrollo? p. 113
García, Marco Aurelio:
“Integración y Democracia” en, La Integración Sudamericana y sus retos
futuros. Memorias del
Seminario. Quito, 29-30 de junio de 2005.
Interrogantes estratégicos
sobre el rumbo de la integración comercial en la Comunidad Andina.
(Mimeo)
Pineda Saúl y Alexis
Valencia (Directores): 35 Años de Integración Económica y Comercial. Un
balance para los países
andinos. Secretaría General de la Comunidad andina. (Mimeo), Lima,
mayo de 2004
Valencia, Judith: El ALBA un
cauce para la integración de nuestra América, ponencia
presentada en el simposium:
Diálogo Suramericano: Otra integración es posible, 21-22 de
noviembre de 2005,
Universidad Andina Simón Bolívar. Quito-Ecuador
domingo, 23 de agosto de 2009
AMEN
2002 el año que vivimos en peligro
El año 2002 constituyó para los venezolanos una gran lección histórica. Los poderes fácticos se colocaron en evidencia mostrando su esencia, naturaleza y designio, desplegando desenfrenadamente una maquinaria represiva todavía lubricada aunque fuese con aceite pasado. En esa orgía desbocada pudo, no obstante, identificarse un reputado par monógamo, se trata de la díada iglesia-estado. Pues si algo no puede ocultarse de aquellos aciagos días es el patético papel jugado por la iglesia venezolana al participar entusiastamente en el festín palaciego y cuartelero orquestado por la rancia oligarquía y el imperio yanqui.
El fascismo, término con que genéricamente se denota el fenómeno de totalitarismo político impuesto durante el período de entreguerras tanto en Italia como en Alemania (aunque en este último país sea conocido más exactamente como nazismo), se reedita como repetición trágica de la historia, del mismo modo como se renueva su denuncia en tanto uno de los hechos más bochornosos que la civilización humana haya podido padecer.
Los sucesos registrados en Venezuela en 2002, representan uno de esos intentos de reedición del fenómeno fascista que coincide con una nueva denuncia contra esa página negra de la historia, representada en la puesta en escena, ese mismo año, de una contundente acusación sobre el papel complaciente y hasta cómplice del vaticano ante el nefasto exterminio nazi contra los judíos, (pues de los improductivos, desviados y comunistas se habían encargado antes); se trata del film imputador, denominado con un vocablo tan categórico como la rúbrica que plasmara el Monseñor venezolano sobre la carta aval al lacónico dictador Carmona, a saber, “Amén”, pieza fílmica con la que Constantin Costa-Gavras pone al descubierto otra desvergüenza de esta institución que ya había dado muestras de su hipócrita moralidad en tiempos de la inquisición.
El Teniente Kurt Gerstein (Ulrich Tukur), que es además científico químico, cuya inocua misión es purificar el agua para consumo de las tropas del ejército del Reich, queda atónito al enterarse de la muerte de su sobrina con síndrome de down, en unas rudimentarias cámaras de gas implementadas para llevar a cabo un programa de eugenesia; aunque el hecho no se le informa tal como sucedió y en cuyo ocultamiento participa su propio padre -un nazista confeso- él se entera del abominable suceso a través de sus correligionarios católicos, con los que emprende, cuidando su investidura, una campaña para exhortar a la iglesia a que haga presión valiéndose de su autoridad moral para detener el exterminio. El lobbies de sus correligionarios surte el efecto.
Pero lo que no se imaginaba el teniente científico, es que su nueva misión como especialista en purificación y oficial de la SS, sería administrar el ácido –un agente más eficaz que el monóxido de carbono del escape de un motor- que serviría para el exterminio masivo de una nueva víctima propiciatoria, a saber, los judíos; sólo que esta vez la iglesia no será tan diligente como en el caso de la eugenesia, práctica mundana con la que el hombre le pretendía disputar a dios el monopolio exclusivo sobre la vida y la muerte (idéntica moral con que se condena el aborto), pues los judíos, en cambio, le disputaban otra franquicia arrogada como representantes del creador en la tierra, es decir, la feligresía; Rondó en la mente de la iglesia la sentencia del poema de Brecht: “…como no era conmigo tampoco me importó”.
La película comienza con una muerte: la del suicidio de un ciudadano judío en plena sesión de la Comunidad de Naciones, disparándose al corazón como única manera de sensibilizar el de la humanidad, tal como lo expresa el propio suicida al momento del hecho; le sigue otra muerte emblemática: la del joven sacerdote Ricardo Fontana (Mathieu Kassovitz) quien se inmola entregándose a los nazis para padecer la misma desgracia que aqueja a los otros condenados; y termina con la del propio Teniente Gerstein, que no se muestra en pantalla, como para sugerir la duda y la pregunta, acerca de si fue un homicidio como pago del precio de la traición al Reich pero no a sí mismo o si fue un suicidio como acto deliberado para no darle el gusto a dios….o la a iglesia.
Esa desfachatez con que la iglesia se comporta, asumiendo una beligerancia sin precedentes en la vida política desde la edad media, desprendiéndosele la careta para dejar al descubierto el rostro más patético de su condición de poder fáctico, sigue haciendo mella en el proceso de cambio revolucionario en toda ocasión en que las fuerzas progresistas dan un nuevo paso de avance. Así lo vemos en el caso presente, cuando se activa la disposición a poner en vigor una nueva reglamentación sobre la educación que se propone definitivamente afianzar esta actividad de carácter público como un derecho humano, ratificando su esencia democrática, incluyente, es principalmente la iglesia la que se opone irracionalmente, mintiendo descaradamente sobre el verdadero carácter de la nueva legislación educativa, siguiendo el guión imperial del sabotaje y la conspiración.
Por ello es fundamental echar mano de todas aquellas expresiones culturales, sociales, políticas, artísticas que nos permitan denunciar los planes desestabilizadores de los sectores retrógrados de afuera y de adentro contra la revolución pacífica, democrática y socialista que se desarrolla en Venezuela; y la pieza magistral de Costa-Gavras constituye un aporte fundamental en este sentido.
Costa-Gavras, demuestra con este film su virtuosismo al lograr con este nuevo juicio a la historia, la reconstrucción de un acontecimiento cuyo alcance es capaz de arropar cualquier momento y lugar donde el hecho pretenda remedarse, tal como sucedió en el caso de Venezuela en el abril de 2002, intervalo que pudiera considerarse como “el año que vivimos en peligro” (Peter Weir, 1982) -parafraseando el título de otra película que precisamente denuncia un golpe de estado- y, por esta razón, “Amén” se convierte en una pieza artística indispensable para impedir que se desvanezca de la memoria colectiva ese nefasto capítulo de la historia aun reciente que no cesa en sus tentativas de reproducirse de la única forma en que lamentablemente ha sido posible, es decir, como tragedia, pues su herencia no deja ni el más mínimo resquicio para la risa.
Título original
Amen.
Año
2002
Duración
132 min.
País
Francia
Dirección
Costa-Gavras
Guion
Música
Fotografía
Reparto
Ulrich Tukur, Mathieu Kassovitz, Ulrich Mühe, Marcel Iures, Ion Caramitru,Sebastian Koch
Productora
Género
Drama | Holocausto. Nazismo. II Guerra Mundial
El fascismo, término con que genéricamente se denota el fenómeno de totalitarismo político impuesto durante el período de entreguerras tanto en Italia como en Alemania (aunque en este último país sea conocido más exactamente como nazismo), se reedita como repetición trágica de la historia, del mismo modo como se renueva su denuncia en tanto uno de los hechos más bochornosos que la civilización humana haya podido padecer.
Los sucesos registrados en Venezuela en 2002, representan uno de esos intentos de reedición del fenómeno fascista que coincide con una nueva denuncia contra esa página negra de la historia, representada en la puesta en escena, ese mismo año, de una contundente acusación sobre el papel complaciente y hasta cómplice del vaticano ante el nefasto exterminio nazi contra los judíos, (pues de los improductivos, desviados y comunistas se habían encargado antes); se trata del film imputador, denominado con un vocablo tan categórico como la rúbrica que plasmara el Monseñor venezolano sobre la carta aval al lacónico dictador Carmona, a saber, “Amén”, pieza fílmica con la que Constantin Costa-Gavras pone al descubierto otra desvergüenza de esta institución que ya había dado muestras de su hipócrita moralidad en tiempos de la inquisición.
El Teniente Kurt Gerstein (Ulrich Tukur), que es además científico químico, cuya inocua misión es purificar el agua para consumo de las tropas del ejército del Reich, queda atónito al enterarse de la muerte de su sobrina con síndrome de down, en unas rudimentarias cámaras de gas implementadas para llevar a cabo un programa de eugenesia; aunque el hecho no se le informa tal como sucedió y en cuyo ocultamiento participa su propio padre -un nazista confeso- él se entera del abominable suceso a través de sus correligionarios católicos, con los que emprende, cuidando su investidura, una campaña para exhortar a la iglesia a que haga presión valiéndose de su autoridad moral para detener el exterminio. El lobbies de sus correligionarios surte el efecto.
Pero lo que no se imaginaba el teniente científico, es que su nueva misión como especialista en purificación y oficial de la SS, sería administrar el ácido –un agente más eficaz que el monóxido de carbono del escape de un motor- que serviría para el exterminio masivo de una nueva víctima propiciatoria, a saber, los judíos; sólo que esta vez la iglesia no será tan diligente como en el caso de la eugenesia, práctica mundana con la que el hombre le pretendía disputar a dios el monopolio exclusivo sobre la vida y la muerte (idéntica moral con que se condena el aborto), pues los judíos, en cambio, le disputaban otra franquicia arrogada como representantes del creador en la tierra, es decir, la feligresía; Rondó en la mente de la iglesia la sentencia del poema de Brecht: “…como no era conmigo tampoco me importó”.
La película comienza con una muerte: la del suicidio de un ciudadano judío en plena sesión de la Comunidad de Naciones, disparándose al corazón como única manera de sensibilizar el de la humanidad, tal como lo expresa el propio suicida al momento del hecho; le sigue otra muerte emblemática: la del joven sacerdote Ricardo Fontana (Mathieu Kassovitz) quien se inmola entregándose a los nazis para padecer la misma desgracia que aqueja a los otros condenados; y termina con la del propio Teniente Gerstein, que no se muestra en pantalla, como para sugerir la duda y la pregunta, acerca de si fue un homicidio como pago del precio de la traición al Reich pero no a sí mismo o si fue un suicidio como acto deliberado para no darle el gusto a dios….o la a iglesia.
Esa desfachatez con que la iglesia se comporta, asumiendo una beligerancia sin precedentes en la vida política desde la edad media, desprendiéndosele la careta para dejar al descubierto el rostro más patético de su condición de poder fáctico, sigue haciendo mella en el proceso de cambio revolucionario en toda ocasión en que las fuerzas progresistas dan un nuevo paso de avance. Así lo vemos en el caso presente, cuando se activa la disposición a poner en vigor una nueva reglamentación sobre la educación que se propone definitivamente afianzar esta actividad de carácter público como un derecho humano, ratificando su esencia democrática, incluyente, es principalmente la iglesia la que se opone irracionalmente, mintiendo descaradamente sobre el verdadero carácter de la nueva legislación educativa, siguiendo el guión imperial del sabotaje y la conspiración.
Por ello es fundamental echar mano de todas aquellas expresiones culturales, sociales, políticas, artísticas que nos permitan denunciar los planes desestabilizadores de los sectores retrógrados de afuera y de adentro contra la revolución pacífica, democrática y socialista que se desarrolla en Venezuela; y la pieza magistral de Costa-Gavras constituye un aporte fundamental en este sentido.
Costa-Gavras, demuestra con este film su virtuosismo al lograr con este nuevo juicio a la historia, la reconstrucción de un acontecimiento cuyo alcance es capaz de arropar cualquier momento y lugar donde el hecho pretenda remedarse, tal como sucedió en el caso de Venezuela en el abril de 2002, intervalo que pudiera considerarse como “el año que vivimos en peligro” (Peter Weir, 1982) -parafraseando el título de otra película que precisamente denuncia un golpe de estado- y, por esta razón, “Amén” se convierte en una pieza artística indispensable para impedir que se desvanezca de la memoria colectiva ese nefasto capítulo de la historia aun reciente que no cesa en sus tentativas de reproducirse de la única forma en que lamentablemente ha sido posible, es decir, como tragedia, pues su herencia no deja ni el más mínimo resquicio para la risa.
Francia
Costa-Gavras, Jean-Claude Grumberg (Obra: Rolf Hochhuth)
Armand Amar
Patrick Blossier
TF1 Films Production
SOCIALISMO DEL SIGLO XXI
Conferencia dictada en la Sala Benjamín Carrión de la Casa de la Cultura Ecuatoriana
lunes, 26 de mayo de 2008
“BOWLING FOR COLUMBINE” O EL MIEDO COMO FUNDAMENTO DEL PODER
No hay prejuicio en convenir que las pretensiones por interpelar a aquellos factores que responsabilizamos por contribuir al incremento de la violencia en la sociedad, tales como los medios de comunicación social, han logrado su éxito en el cine norteamericano, sobre todo si de premios, taquilla y buena crítica se trata. La orgía medios-violencia ha sido una díada que ha motivado en más de una ocasión la crítica social llevada a la gran pantalla; piénsese en “Asesinos por naturaleza” (O. Stone, 1994) o en “El Cuarto Poder” (C. Gavras, 1977). Por otra parte, el tema de la violencia llevado al cine en los Estados Unidos ha estado por lo general aderezado con otros móviles como el racismo, bien como historia pasada (El color púrpura: Spielberg, 1985) o como historia devenida en drama actual (Historia americana X: T. Kaye,1998) .
El drama de la guerra, a la que se va “de buena voluntad” a expresar el sentido propio de “valentía” y “liberación”, ha ocupado también un lugar importante -y a veces hasta exagerado- en el cine norteamericano, como puede registrarse en un inventario que incluye a “Apocalipsis now” (Coppola, 1979) “Pelotón” (De nuevo Stone, 1986), “Nacidos para Matar” (Kubrick, 1987), para hacer referencia sólo a algunas películas de contenido, si se quiere, antibelicista. Otro aspecto tratado en el cine opuesto a la guerra, es la frustración que padecen los iniciados a héroes al encontrarse de regreso con la falta de reconocimiento que arrincona en el más cruel de los anonimatos y de la exclusión y que conduce al desconcierto y hasta la tragedia; buena muestra de este último estilo son: “Regreso sin gloria” (Ashby, 1978) y “Alas de libertad” (Parker, 1984).
El cine en esta parte del mundo, en cambio, es recurrente en la asociación de la violencia con otro drama social no menos devastador que el de la guerra, a saber, la pobreza. De “Pixote” a “Ciudad de Dios” (Brasil), de “Rodrigo, no futuro” a “La Virgen de los Sicarios” (Colombia-Francia), de “Soy un delincuente” a “Huelepega” (Venezuela), las condiciones que rodean la lucha por la supervivencia propia de la situación de pobreza, fundamentan toda explicación del fenómeno de la violencia puesta en escena en la filmografía latinoamericana, a excepción de aquellas películas que tratan sobre la violencia vertical a propósito de las dictaduras militares que asolaron al Cono sur y a Centroamérica durante décadas.
La diferencia en el tratamiento de estos móviles de la violencia en una y otra filmografía, no es sino expresión y a la vez ratificación de la recurrente idea de definirnos por contraste, a partir de un engañoso dualismo expresado a lo interno de la sociedad norteamericana a través de una falsa ilusión de alternabilidad que se expresa en las dicotomías: liga americana/liga nacional, demócratas/republicanos, y así por el estilo; y traducida hacia fuera en los dualismos: primermundismo/tercermundismo, países avanzados/países atrasados, sociedad moderna/sociedad tradicional, desarrollo/subdesarrollo, concepción en que se sustenta la tesis del modelo a seguir, del efecto de demostración, el american dream, el american way of life. Así se le impuso al “sub-continente pobre”, primero el modelo desarrollista y ahora el de la globalización, representada en la ecuación neoliberalismo+antiterrorismo; antes la doctrina de seguridad y defensa nacional, ahora el plan Colombia/plan patriota; antes la Alianza para el progreso, ahora el ALCA/TLC.
Es en este punto donde vale la pena detenerse a revisar el documental escrito, producido y dirigido por Michael Moore, inspirado en una masacre desatada por un par de adolescentes dentro de su misma escuela, hecho a partir del cual construye una pieza audiovisual que termina convirtiéndose en instrumento de crítica a la venta de armas, a las laxas regulaciones para su posesión y uso, pero sobre todo, al estado de paranoia que ha convertido a la sociedad entera en un escenario de guerra de todos contra todos, del que se benefician y en el que a su vez tienen gran parte de responsabilidad los factores del poder económico y político, mediante la imposición de una política del miedo.
Ciertamente la opción documentalista que privilegia Moore, permite demostrar fehacientemente lo que sugieren propuestas fílmicas como las de Stone y Gavras referidas antes, es decir, la prioridad transfigurada en pasión / manía de los mass media por el hecho violento convertido en espectáculo, pero más que quedarse allí, Moore se avoca a indagar entre los males que han ido gestándose en la sociedad más materialista, consumista, individualista y segregacionista que hay existido nunca, descubriendo los signos más representativos de una pobreza de importantes proporciones, a la que se le evade con una descarada actitud de indiferencia, típica de todo poder arrogante.
La premisa de la que parte Moore para concebir la teoría del miedo con la que argumenta su propuesta de cine, no es otra que la de Thomas Hobbes, padre del estado absolutista, sólo que el filósofo inglés atribuye ese miedo al hombre genérico en el marco de una concepción pesimista antropológica de la naturaleza humana, mientras que Moore lo endilga al hombre americano, especialmente el blanco “caucásico” –expresión difícil de escribir amén de deletrear- como lo deja ver el propio Moore al momento de llenar la hoja de requisitos para abrir una cuenta en el banco (acto por el cual recibe como obsequio un rifle de precisión) como una manera de preguntarse si es que acaso eso tiene algún significado específico que le da de por sí una condición especial a cierta raza de hombres.
Ahora bien, si en algo coinciden es en el carácter preventivo que uno y otro, el filósofo y el cineasta, atribuyen a esa agresividad despiadada como consecuencia de ese miedo que se ha ido anidando en la sociedad (la norteamericana para el caso de Moore) a lo largo de una espiral histórica de violencia en que han sustentado su dominio los poderosos. Ese carácter preventivo que hoy aparece de modo expreso en el vocabulario bélico del imperio, pero que ha estado siempre presente en forma tácita, tal como queda representado en el film mediante el recurso del dibujo animado, en el que el documentalista expone de manera interpuesta su perspectiva acerca del miedo y la subsecuente violencia, es el que lleva a la desconfianza y al recelo respecto del otro, que a su vez crea una necesidad de protección permanente.
Pero esa necesaria protección que en la filosofía absolutista de Hobbes servía precisamente para justificar la presencia de un Estado Fuerte, monopolizador de la violencia legítima, induce en este caso a saltar su intermediación entre el ciudadano y su potencial agresor, es decir, el otro, y más exactamente, el negro, el rojo, todo aquel que en la ocasión encarne el mal, pues este “Leviatán” post moderno aterroriza y al mismo tiempo desampara, sembrando un escepticismo respecto a su papel, el cual ha pasada de ser un monopolizador a convertirse en un democratizador de la violencia sin límites. A esa actitud es a lo que llaman responsabilidad ciudadana: actuar por cuenta propia ante la incapacidad e indiferencia del Estado, armándose con la complacencia de éste para atacar preventivamente a aquellos que el propio Estado haya determinado que son las víctimas propiciatorias del momento.
Mediante un ejercicio de comparación con otros países, Moore logra desvirtuar la tendencia simplista a explicar situaciones partiendo de su conexión lineal con una causa inmediata o causa eficiente: el que los chicos de Columbine estuviesen jugando bolos el día de la masacre o que escucharan a Marilyn Manson, incluso pone en duda argumentos en apariencia más sistemáticos en la determinación de los móviles de la agresividad, tales como las películas cargadas de violencia, los videojuegos de combates mortales, la ruptura de la unidad familiar o el pasado violento, demostrando con la contundencia de las cifras que países en los que también estos aspectos están presentes, no viven la permanente guerra de todos contra todas que usaba Hobbes como amenaza para argumentar las preferencias por un Estado absoluto: Francia y sus películas violentas, Japón y los videojuegos, Inglaterra y su alto índice de divorcios, Alemania y su holocaústico pasado, no se comparan con los niveles alarmantes de violencia que caracteriza a los Estados Unidos.
Quienes moran en países en los que la posesión de armas es una costumbre como cualquier otra, pero donde nadie se anda matando, ejemplo, Canadá, consideran desde su estado de paz perpetua, que el motivo de la conversión de la sociedad norteamericana en un verdadero teatro de operaciones está en su evasiva, interesada y descarada indiferencia frente a la pobreza, y Moore, al dejar que esta opinión fluya con la naturalidad y certeza con que la expresan sus entrevistados, parece también creerlo.
El drama de la guerra, a la que se va “de buena voluntad” a expresar el sentido propio de “valentía” y “liberación”, ha ocupado también un lugar importante -y a veces hasta exagerado- en el cine norteamericano, como puede registrarse en un inventario que incluye a “Apocalipsis now” (Coppola, 1979) “Pelotón” (De nuevo Stone, 1986), “Nacidos para Matar” (Kubrick, 1987), para hacer referencia sólo a algunas películas de contenido, si se quiere, antibelicista. Otro aspecto tratado en el cine opuesto a la guerra, es la frustración que padecen los iniciados a héroes al encontrarse de regreso con la falta de reconocimiento que arrincona en el más cruel de los anonimatos y de la exclusión y que conduce al desconcierto y hasta la tragedia; buena muestra de este último estilo son: “Regreso sin gloria” (Ashby, 1978) y “Alas de libertad” (Parker, 1984).
El cine en esta parte del mundo, en cambio, es recurrente en la asociación de la violencia con otro drama social no menos devastador que el de la guerra, a saber, la pobreza. De “Pixote” a “Ciudad de Dios” (Brasil), de “Rodrigo, no futuro” a “La Virgen de los Sicarios” (Colombia-Francia), de “Soy un delincuente” a “Huelepega” (Venezuela), las condiciones que rodean la lucha por la supervivencia propia de la situación de pobreza, fundamentan toda explicación del fenómeno de la violencia puesta en escena en la filmografía latinoamericana, a excepción de aquellas películas que tratan sobre la violencia vertical a propósito de las dictaduras militares que asolaron al Cono sur y a Centroamérica durante décadas.
La diferencia en el tratamiento de estos móviles de la violencia en una y otra filmografía, no es sino expresión y a la vez ratificación de la recurrente idea de definirnos por contraste, a partir de un engañoso dualismo expresado a lo interno de la sociedad norteamericana a través de una falsa ilusión de alternabilidad que se expresa en las dicotomías: liga americana/liga nacional, demócratas/republicanos, y así por el estilo; y traducida hacia fuera en los dualismos: primermundismo/tercermundismo, países avanzados/países atrasados, sociedad moderna/sociedad tradicional, desarrollo/subdesarrollo, concepción en que se sustenta la tesis del modelo a seguir, del efecto de demostración, el american dream, el american way of life. Así se le impuso al “sub-continente pobre”, primero el modelo desarrollista y ahora el de la globalización, representada en la ecuación neoliberalismo+antiterrorismo; antes la doctrina de seguridad y defensa nacional, ahora el plan Colombia/plan patriota; antes la Alianza para el progreso, ahora el ALCA/TLC.
Es en este punto donde vale la pena detenerse a revisar el documental escrito, producido y dirigido por Michael Moore, inspirado en una masacre desatada por un par de adolescentes dentro de su misma escuela, hecho a partir del cual construye una pieza audiovisual que termina convirtiéndose en instrumento de crítica a la venta de armas, a las laxas regulaciones para su posesión y uso, pero sobre todo, al estado de paranoia que ha convertido a la sociedad entera en un escenario de guerra de todos contra todos, del que se benefician y en el que a su vez tienen gran parte de responsabilidad los factores del poder económico y político, mediante la imposición de una política del miedo.
Ciertamente la opción documentalista que privilegia Moore, permite demostrar fehacientemente lo que sugieren propuestas fílmicas como las de Stone y Gavras referidas antes, es decir, la prioridad transfigurada en pasión / manía de los mass media por el hecho violento convertido en espectáculo, pero más que quedarse allí, Moore se avoca a indagar entre los males que han ido gestándose en la sociedad más materialista, consumista, individualista y segregacionista que hay existido nunca, descubriendo los signos más representativos de una pobreza de importantes proporciones, a la que se le evade con una descarada actitud de indiferencia, típica de todo poder arrogante.
La premisa de la que parte Moore para concebir la teoría del miedo con la que argumenta su propuesta de cine, no es otra que la de Thomas Hobbes, padre del estado absolutista, sólo que el filósofo inglés atribuye ese miedo al hombre genérico en el marco de una concepción pesimista antropológica de la naturaleza humana, mientras que Moore lo endilga al hombre americano, especialmente el blanco “caucásico” –expresión difícil de escribir amén de deletrear- como lo deja ver el propio Moore al momento de llenar la hoja de requisitos para abrir una cuenta en el banco (acto por el cual recibe como obsequio un rifle de precisión) como una manera de preguntarse si es que acaso eso tiene algún significado específico que le da de por sí una condición especial a cierta raza de hombres.
Ahora bien, si en algo coinciden es en el carácter preventivo que uno y otro, el filósofo y el cineasta, atribuyen a esa agresividad despiadada como consecuencia de ese miedo que se ha ido anidando en la sociedad (la norteamericana para el caso de Moore) a lo largo de una espiral histórica de violencia en que han sustentado su dominio los poderosos. Ese carácter preventivo que hoy aparece de modo expreso en el vocabulario bélico del imperio, pero que ha estado siempre presente en forma tácita, tal como queda representado en el film mediante el recurso del dibujo animado, en el que el documentalista expone de manera interpuesta su perspectiva acerca del miedo y la subsecuente violencia, es el que lleva a la desconfianza y al recelo respecto del otro, que a su vez crea una necesidad de protección permanente.
Pero esa necesaria protección que en la filosofía absolutista de Hobbes servía precisamente para justificar la presencia de un Estado Fuerte, monopolizador de la violencia legítima, induce en este caso a saltar su intermediación entre el ciudadano y su potencial agresor, es decir, el otro, y más exactamente, el negro, el rojo, todo aquel que en la ocasión encarne el mal, pues este “Leviatán” post moderno aterroriza y al mismo tiempo desampara, sembrando un escepticismo respecto a su papel, el cual ha pasada de ser un monopolizador a convertirse en un democratizador de la violencia sin límites. A esa actitud es a lo que llaman responsabilidad ciudadana: actuar por cuenta propia ante la incapacidad e indiferencia del Estado, armándose con la complacencia de éste para atacar preventivamente a aquellos que el propio Estado haya determinado que son las víctimas propiciatorias del momento.
Mediante un ejercicio de comparación con otros países, Moore logra desvirtuar la tendencia simplista a explicar situaciones partiendo de su conexión lineal con una causa inmediata o causa eficiente: el que los chicos de Columbine estuviesen jugando bolos el día de la masacre o que escucharan a Marilyn Manson, incluso pone en duda argumentos en apariencia más sistemáticos en la determinación de los móviles de la agresividad, tales como las películas cargadas de violencia, los videojuegos de combates mortales, la ruptura de la unidad familiar o el pasado violento, demostrando con la contundencia de las cifras que países en los que también estos aspectos están presentes, no viven la permanente guerra de todos contra todas que usaba Hobbes como amenaza para argumentar las preferencias por un Estado absoluto: Francia y sus películas violentas, Japón y los videojuegos, Inglaterra y su alto índice de divorcios, Alemania y su holocaústico pasado, no se comparan con los niveles alarmantes de violencia que caracteriza a los Estados Unidos.
Quienes moran en países en los que la posesión de armas es una costumbre como cualquier otra, pero donde nadie se anda matando, ejemplo, Canadá, consideran desde su estado de paz perpetua, que el motivo de la conversión de la sociedad norteamericana en un verdadero teatro de operaciones está en su evasiva, interesada y descarada indiferencia frente a la pobreza, y Moore, al dejar que esta opinión fluya con la naturalidad y certeza con que la expresan sus entrevistados, parece también creerlo.
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