2002 el año que vivimos en peligro
El año 2002 constituyó para los venezolanos una gran lección histórica. Los poderes fácticos se colocaron en evidencia mostrando su esencia, naturaleza y designio, desplegando desenfrenadamente una maquinaria represiva todavía lubricada aunque fuese con aceite pasado. En esa orgía desbocada pudo, no obstante, identificarse un reputado par monógamo, se trata de la díada iglesia-estado. Pues si algo no puede ocultarse de aquellos aciagos días es el patético papel jugado por la iglesia venezolana al participar entusiastamente en el festín palaciego y cuartelero orquestado por la rancia oligarquía y el imperio yanqui.
El fascismo, término con que genéricamente se denota el fenómeno de totalitarismo político impuesto durante el período de entreguerras tanto en Italia como en Alemania (aunque en este último país sea conocido más exactamente como nazismo), se reedita como repetición trágica de la historia, del mismo modo como se renueva su denuncia en tanto uno de los hechos más bochornosos que la civilización humana haya podido padecer.
Los sucesos registrados en Venezuela en 2002, representan uno de esos intentos de reedición del fenómeno fascista que coincide con una nueva denuncia contra esa página negra de la historia, representada en la puesta en escena, ese mismo año, de una contundente acusación sobre el papel complaciente y hasta cómplice del vaticano ante el nefasto exterminio nazi contra los judíos, (pues de los improductivos, desviados y comunistas se habían encargado antes); se trata del film imputador, denominado con un vocablo tan categórico como la rúbrica que plasmara el Monseñor venezolano sobre la carta aval al lacónico dictador Carmona, a saber, “Amén”, pieza fílmica con la que Constantin Costa-Gavras pone al descubierto otra desvergüenza de esta institución que ya había dado muestras de su hipócrita moralidad en tiempos de la inquisición.
El Teniente Kurt Gerstein (Ulrich Tukur), que es además científico químico, cuya inocua misión es purificar el agua para consumo de las tropas del ejército del Reich, queda atónito al enterarse de la muerte de su sobrina con síndrome de down, en unas rudimentarias cámaras de gas implementadas para llevar a cabo un programa de eugenesia; aunque el hecho no se le informa tal como sucedió y en cuyo ocultamiento participa su propio padre -un nazista confeso- él se entera del abominable suceso a través de sus correligionarios católicos, con los que emprende, cuidando su investidura, una campaña para exhortar a la iglesia a que haga presión valiéndose de su autoridad moral para detener el exterminio. El lobbies de sus correligionarios surte el efecto.
Pero lo que no se imaginaba el teniente científico, es que su nueva misión como especialista en purificación y oficial de la SS, sería administrar el ácido –un agente más eficaz que el monóxido de carbono del escape de un motor- que serviría para el exterminio masivo de una nueva víctima propiciatoria, a saber, los judíos; sólo que esta vez la iglesia no será tan diligente como en el caso de la eugenesia, práctica mundana con la que el hombre le pretendía disputar a dios el monopolio exclusivo sobre la vida y la muerte (idéntica moral con que se condena el aborto), pues los judíos, en cambio, le disputaban otra franquicia arrogada como representantes del creador en la tierra, es decir, la feligresía; Rondó en la mente de la iglesia la sentencia del poema de Brecht: “…como no era conmigo tampoco me importó”.
La película comienza con una muerte: la del suicidio de un ciudadano judío en plena sesión de la Comunidad de Naciones, disparándose al corazón como única manera de sensibilizar el de la humanidad, tal como lo expresa el propio suicida al momento del hecho; le sigue otra muerte emblemática: la del joven sacerdote Ricardo Fontana (Mathieu Kassovitz) quien se inmola entregándose a los nazis para padecer la misma desgracia que aqueja a los otros condenados; y termina con la del propio Teniente Gerstein, que no se muestra en pantalla, como para sugerir la duda y la pregunta, acerca de si fue un homicidio como pago del precio de la traición al Reich pero no a sí mismo o si fue un suicidio como acto deliberado para no darle el gusto a dios….o la a iglesia.
Esa desfachatez con que la iglesia se comporta, asumiendo una beligerancia sin precedentes en la vida política desde la edad media, desprendiéndosele la careta para dejar al descubierto el rostro más patético de su condición de poder fáctico, sigue haciendo mella en el proceso de cambio revolucionario en toda ocasión en que las fuerzas progresistas dan un nuevo paso de avance. Así lo vemos en el caso presente, cuando se activa la disposición a poner en vigor una nueva reglamentación sobre la educación que se propone definitivamente afianzar esta actividad de carácter público como un derecho humano, ratificando su esencia democrática, incluyente, es principalmente la iglesia la que se opone irracionalmente, mintiendo descaradamente sobre el verdadero carácter de la nueva legislación educativa, siguiendo el guión imperial del sabotaje y la conspiración.
Por ello es fundamental echar mano de todas aquellas expresiones culturales, sociales, políticas, artísticas que nos permitan denunciar los planes desestabilizadores de los sectores retrógrados de afuera y de adentro contra la revolución pacífica, democrática y socialista que se desarrolla en Venezuela; y la pieza magistral de Costa-Gavras constituye un aporte fundamental en este sentido.
Costa-Gavras, demuestra con este film su virtuosismo al lograr con este nuevo juicio a la historia, la reconstrucción de un acontecimiento cuyo alcance es capaz de arropar cualquier momento y lugar donde el hecho pretenda remedarse, tal como sucedió en el caso de Venezuela en el abril de 2002, intervalo que pudiera considerarse como “el año que vivimos en peligro” (Peter Weir, 1982) -parafraseando el título de otra película que precisamente denuncia un golpe de estado- y, por esta razón, “Amén” se convierte en una pieza artística indispensable para impedir que se desvanezca de la memoria colectiva ese nefasto capítulo de la historia aun reciente que no cesa en sus tentativas de reproducirse de la única forma en que lamentablemente ha sido posible, es decir, como tragedia, pues su herencia no deja ni el más mínimo resquicio para la risa.
Título original
Amen.
Año
2002
Duración
132 min.
País
Francia
Dirección
Costa-Gavras
Guion
Música
Fotografía
Reparto
Ulrich Tukur, Mathieu Kassovitz, Ulrich Mühe, Marcel Iures, Ion Caramitru,Sebastian Koch
Productora
Género
Drama | Holocausto. Nazismo. II Guerra Mundial
El fascismo, término con que genéricamente se denota el fenómeno de totalitarismo político impuesto durante el período de entreguerras tanto en Italia como en Alemania (aunque en este último país sea conocido más exactamente como nazismo), se reedita como repetición trágica de la historia, del mismo modo como se renueva su denuncia en tanto uno de los hechos más bochornosos que la civilización humana haya podido padecer.
Los sucesos registrados en Venezuela en 2002, representan uno de esos intentos de reedición del fenómeno fascista que coincide con una nueva denuncia contra esa página negra de la historia, representada en la puesta en escena, ese mismo año, de una contundente acusación sobre el papel complaciente y hasta cómplice del vaticano ante el nefasto exterminio nazi contra los judíos, (pues de los improductivos, desviados y comunistas se habían encargado antes); se trata del film imputador, denominado con un vocablo tan categórico como la rúbrica que plasmara el Monseñor venezolano sobre la carta aval al lacónico dictador Carmona, a saber, “Amén”, pieza fílmica con la que Constantin Costa-Gavras pone al descubierto otra desvergüenza de esta institución que ya había dado muestras de su hipócrita moralidad en tiempos de la inquisición.
El Teniente Kurt Gerstein (Ulrich Tukur), que es además científico químico, cuya inocua misión es purificar el agua para consumo de las tropas del ejército del Reich, queda atónito al enterarse de la muerte de su sobrina con síndrome de down, en unas rudimentarias cámaras de gas implementadas para llevar a cabo un programa de eugenesia; aunque el hecho no se le informa tal como sucedió y en cuyo ocultamiento participa su propio padre -un nazista confeso- él se entera del abominable suceso a través de sus correligionarios católicos, con los que emprende, cuidando su investidura, una campaña para exhortar a la iglesia a que haga presión valiéndose de su autoridad moral para detener el exterminio. El lobbies de sus correligionarios surte el efecto.
Pero lo que no se imaginaba el teniente científico, es que su nueva misión como especialista en purificación y oficial de la SS, sería administrar el ácido –un agente más eficaz que el monóxido de carbono del escape de un motor- que serviría para el exterminio masivo de una nueva víctima propiciatoria, a saber, los judíos; sólo que esta vez la iglesia no será tan diligente como en el caso de la eugenesia, práctica mundana con la que el hombre le pretendía disputar a dios el monopolio exclusivo sobre la vida y la muerte (idéntica moral con que se condena el aborto), pues los judíos, en cambio, le disputaban otra franquicia arrogada como representantes del creador en la tierra, es decir, la feligresía; Rondó en la mente de la iglesia la sentencia del poema de Brecht: “…como no era conmigo tampoco me importó”.
La película comienza con una muerte: la del suicidio de un ciudadano judío en plena sesión de la Comunidad de Naciones, disparándose al corazón como única manera de sensibilizar el de la humanidad, tal como lo expresa el propio suicida al momento del hecho; le sigue otra muerte emblemática: la del joven sacerdote Ricardo Fontana (Mathieu Kassovitz) quien se inmola entregándose a los nazis para padecer la misma desgracia que aqueja a los otros condenados; y termina con la del propio Teniente Gerstein, que no se muestra en pantalla, como para sugerir la duda y la pregunta, acerca de si fue un homicidio como pago del precio de la traición al Reich pero no a sí mismo o si fue un suicidio como acto deliberado para no darle el gusto a dios….o la a iglesia.
Esa desfachatez con que la iglesia se comporta, asumiendo una beligerancia sin precedentes en la vida política desde la edad media, desprendiéndosele la careta para dejar al descubierto el rostro más patético de su condición de poder fáctico, sigue haciendo mella en el proceso de cambio revolucionario en toda ocasión en que las fuerzas progresistas dan un nuevo paso de avance. Así lo vemos en el caso presente, cuando se activa la disposición a poner en vigor una nueva reglamentación sobre la educación que se propone definitivamente afianzar esta actividad de carácter público como un derecho humano, ratificando su esencia democrática, incluyente, es principalmente la iglesia la que se opone irracionalmente, mintiendo descaradamente sobre el verdadero carácter de la nueva legislación educativa, siguiendo el guión imperial del sabotaje y la conspiración.
Por ello es fundamental echar mano de todas aquellas expresiones culturales, sociales, políticas, artísticas que nos permitan denunciar los planes desestabilizadores de los sectores retrógrados de afuera y de adentro contra la revolución pacífica, democrática y socialista que se desarrolla en Venezuela; y la pieza magistral de Costa-Gavras constituye un aporte fundamental en este sentido.
Costa-Gavras, demuestra con este film su virtuosismo al lograr con este nuevo juicio a la historia, la reconstrucción de un acontecimiento cuyo alcance es capaz de arropar cualquier momento y lugar donde el hecho pretenda remedarse, tal como sucedió en el caso de Venezuela en el abril de 2002, intervalo que pudiera considerarse como “el año que vivimos en peligro” (Peter Weir, 1982) -parafraseando el título de otra película que precisamente denuncia un golpe de estado- y, por esta razón, “Amén” se convierte en una pieza artística indispensable para impedir que se desvanezca de la memoria colectiva ese nefasto capítulo de la historia aun reciente que no cesa en sus tentativas de reproducirse de la única forma en que lamentablemente ha sido posible, es decir, como tragedia, pues su herencia no deja ni el más mínimo resquicio para la risa.
Francia
Costa-Gavras, Jean-Claude Grumberg (Obra: Rolf Hochhuth)
Armand Amar
Patrick Blossier
TF1 Films Production