El fenómeno de la globalización, además de las implicaciones que trae para la cultura, la economía y las relaciones internacionales, tiene una consecuencia muy importante que ha venido siendo tratada por distintos estudiosos en no pocos debates, a saber, la desaparición progresiva de la soberanía estatal. La soberanía, en tanto que condición existencial de los Estados modernos, junto con la noción de patria y de nación, ha tenido -por efecto de la globalización- que negociarse tanto hacia afuera como hacia adentro de la frontera estatal; así, entonces, esferas que estuvieron por mucho tiempo bajo la prerrogativa estatal, deben ser coordinadas a nivel internacional, transnacional e incluso supranacional; con organizaciones intergubernamentales, organismos multilaterales y organizaciones no gubernamentales. Del lado interno tenemos que vienen surgiendo nuevas formas de distribución del poder no contractuales como resultado de la ruptura de los mecanismos de cohesión y solidaridad sociales garantizados antes por el Estado-nación.
Nos colocamos así frente al fenómeno de la fragmentación de lo social, en donde el espectro social se nos presenta como un entrecruzamiento infinito de conflictos que no se articulan entre sí, debido a que el Estado, la economía y la cultura, en tanto que redes de estructuración, casi nunca coinciden como pretendió convencernos el pensamiento moderno a través de sus modelos históricos y sociológicos. Y es desde aquí desde donde puede pensarse en una reacción contra esas consecuencias nefastas que deben dar los sectores que se ven segregados por este proceso. Es en este marco en el que ubicaríamos las distintas respuestas económicas, políticas, sociales y culturales que pudieran emprender los sectores excluidos frente a aquellas consecuencias negativas de los procesos de globalización vinculadas al proyecto neoliberal.
Uno de los autores que ha tratado el tema de la crisis de la soberanía estatal con más agudeza es sin duda Manuel Castells. En el segundo volumen de su obra “La Era de la Información” dedica un capítulo a lo que califica como la impotencia del Estado; allí se refiere a la superación del control estatal sobre el espacio y el tiempo, por parte de los flujos de capital, bienes, servicios, tecnologías, comunicación y poder. Y Aunque advierte acerca de la pérdida de poder por parte del Estado-nación moderno, reconoce que no ha sucedido lo mismo con su influencia, lo que hace de las consecuencias potenciales de este hecho que estamos en presencia de un “fenómeno sistémico global” tan complejo, que:
“el reto creciente a la soberanía estatal en todo el mundo parece tener su origen en la incapacidad del estado-nación moderno para navegar en las aguas inexploradas y tormentosas que se extienden entre el poder de las redes globales y el desafío de las identidades singulares”[1]
Más allá del hecho que el proceso de globalización económica y sus correlatos culturales trastoquen efectivamente las mediaciones espacio-temporales, modificando el sentido de las distancias, la recepción, manejo y procesamiento de la información, los términos del intercambio, etc.; y que haya traído como consecuencia la erosión de la supremacía de la soberanía estatal llevándose consigo todas sus pretensiones reguladoras tanto en su condición benefactora como en la planificadora, existe, por otra parte, el hecho no menos relevante de las tendencias a imponerse un discurso de la globalización que sobrevaloriza lo global en detrimento de lo local, lo cual se expresa -a decir de Arturo Escobar- en una marginalización significativa del lugar, pretendiéndose ignorar que:
“el hecho es que el lugar –como la expresión de una localidad específica- con algún grado de enraizamiento, linderos y conexión con la vida diaria, aunque su identidad sea construida y nunca fija- continúa siendo importante en la vida de la mayorías de las personas, quizás para todas.”[2]
Rescatar la importancia del lugar resulta clave para revertir esa asimetría presente en esta perspectiva globocéntrica a la que se refiere Escobar en la que lo global es equiparado al espacio, al capital y a la historia, mientras que a lo local se le iguala con el lugar, el trabajo y las tradiciones, reproduciendo, de esta manera, la dicotomía entre naturaleza y cultura.
“el reto creciente a la soberanía estatal en todo el mundo parece tener su origen en la incapacidad del estado-nación moderno para navegar en las aguas inexploradas y tormentosas que se extienden entre el poder de las redes globales y el desafío de las identidades singulares”[1]
Más allá del hecho que el proceso de globalización económica y sus correlatos culturales trastoquen efectivamente las mediaciones espacio-temporales, modificando el sentido de las distancias, la recepción, manejo y procesamiento de la información, los términos del intercambio, etc.; y que haya traído como consecuencia la erosión de la supremacía de la soberanía estatal llevándose consigo todas sus pretensiones reguladoras tanto en su condición benefactora como en la planificadora, existe, por otra parte, el hecho no menos relevante de las tendencias a imponerse un discurso de la globalización que sobrevaloriza lo global en detrimento de lo local, lo cual se expresa -a decir de Arturo Escobar- en una marginalización significativa del lugar, pretendiéndose ignorar que:
“el hecho es que el lugar –como la expresión de una localidad específica- con algún grado de enraizamiento, linderos y conexión con la vida diaria, aunque su identidad sea construida y nunca fija- continúa siendo importante en la vida de la mayorías de las personas, quizás para todas.”[2]
Rescatar la importancia del lugar resulta clave para revertir esa asimetría presente en esta perspectiva globocéntrica a la que se refiere Escobar en la que lo global es equiparado al espacio, al capital y a la historia, mientras que a lo local se le iguala con el lugar, el trabajo y las tradiciones, reproduciendo, de esta manera, la dicotomía entre naturaleza y cultura.
Rescatar el lugar y lo local, más allá de cualquier culto a mito o panacea alguna, pudiera constituir, en este enfoque, un punto de partida apropiado para contrarrestar la resignación, que comparte la izquierda con los sectores dominantes, consistente en atribuirle al capitalismo una predominancia y hegemonía insuperables, de lo que a su vez deriva la impotencia ante toda posibilidad de supresión de ese modelo de organización económico-social y político-cultural cada día más totalitaria. Reivindicar el lugar y lo local nos conduce, entonces, a pensar en respuestas no “capitalocéntricas” y con ello a imaginar formas alternas, lo que nos lleva al terreno de la política, que, superando la asimetría, nos percatamos que ésta tiene su ubicación en el lugar y no sólo en los supra niveles espaciales
Así, podemos partir del enunciado según el cual, las respuestas alternas pudieran significar la aparición de nuevas entidades políticas que consisten en formas de poder embrionarias que, más allá de considerarlas de manera abstracta como actitudes aisladas, individuales (como aquellas calificadas a menudo como informales o incluso "ilegales" por su acción transgresora) pudiesen constituir el germen de nuevas subjetividades políticas (poderes constituyentes), nuevos modos de vida que implican una ruptura con las formas de organización social dominantes, que no son el resultado de una estructuración dura, totalizante, determinante, sino iniciativas diversas, múltiples, superpuestas, que expresan el apego a identidades culturales, a la justicia de género, a la defensa del ambiente, a la emancipación política, a la autogestión económica, enmarcadas en el mundo de la vida. El reto consiste entonces, en dar cuenta de esas relaciones de proximidad que se establecen entre personas reagrupadas en el marco de espacios reales y simbólicos precisos, en demanda de reivindicaciones cotidianas y entre las que se establecen códigos -expresos o tácitos- de aceptación (y de rechazo), reconocimiento, deber, autoridad, etc., no leídos en términos de producto estructural ni como síntesis de totalidades.
No se trata, con todo, de negar la presencia constatable, efectiva del fenómeno de la globalización, se trata más bien de reconocer que muchas prácticas sociales están estrechamente vinculadas a concepciones basadas en la localidad y en el lugar, pudiéndose considerar a estos -como lo sugiere Escobar- como “lo otro” de la globalización, cuya discusión nos aportaría una perspectiva importante para repensar a la propia globalización.
BIBLIOGRAFÍA
ESCOBAR, Arturo. “El lugar de la naturaleza y la naturaleza del lugar: ¿globalización o postdesarrollo?”
CASTELLS, Manuel. La Era de la Información: Economía, sociedad y cultura, Vol II: El Poder de la Identidad, México, Siglo XXI, 2001
[1] Castells, Manuel. La era de la información: Economía, sociedad y cultura. Vol. II: El poder de la identidad. México, 2001, Siglo XXI, p. 272
[2] Escobar, Arturo. El lugar de la naturaleza y la naturaleza del lugar: ¿globalización o posdesarrollo? p. 113
BIBLIOGRAFÍA
ESCOBAR, Arturo. “El lugar de la naturaleza y la naturaleza del lugar: ¿globalización o postdesarrollo?”
CASTELLS, Manuel. La Era de la Información: Economía, sociedad y cultura, Vol II: El Poder de la Identidad, México, Siglo XXI, 2001
[1] Castells, Manuel. La era de la información: Economía, sociedad y cultura. Vol. II: El poder de la identidad. México, 2001, Siglo XXI, p. 272
[2] Escobar, Arturo. El lugar de la naturaleza y la naturaleza del lugar: ¿globalización o posdesarrollo? p. 113
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